… por eso pretendo dejarla aquí con mis palabras.

Estoy ya cansado de la invasión de los conductores incívicos, que son tantos, que no puedo creer que sean malas personas, no hay tantas. Pero lo cierto es que cuando nos ponemos al volante, algo nos pasa con nuestro civismo y educación, es posible que el conducir entre atascos y la imposibilidad de dejar el coche bien aparcado nos estrese hasta el punto de perder toda tolerancia y buenas prácticas que por otra parte si demostramos en otros muchos ámbitos de la vida.

 

El caso es que ayer mismo, volviendo a casa en nuestras bicis mi pareja y yo mismo, nos encontramos, como es habitual, un coche parado en el carril de la derecha de una céntrica calle de nuestra ciudad, A Coruña. Ocupaba un espacio restringido a la circulación y marcado con una bonita, pero en ocasiones invisible, línea amarilla, invisible para conductores y dicho se de paso para la policía de esta ciudad.

 

Como ya estamos acostumbrados, pues siempre circulamos por la calzada, simplemente rebasamos el vehículo por el carril de la izquierda, pero el incivismo de dicho conductor no quedó reducido a su indebido estacionamiento, pues abrió la puerta de su coche para salir sin mirar tan siquiera si venía algún otro vehículo por la vía. Esta segunda muestra por su parte de, “yo voy a lo mío”,  que conseguimos esquivar con suerte y con la práctica que ya tenemos desarrollada debido a la frecuencia con la que nos encontramos con estas puertas, no se quedó ahí, pues parece que el conductor se vio sorprendido por las bicis, algo que sin duda le produjo un pequeño susto. Nosotros seguíamos avanzado sin más pero este individuo no contento con sus dos faltas de civismos, salió de su vehículo y comenzó a increpar nos, algo así como “mirar cómo vais” lo que ya, y reconozco que con poca fortuna, pues no es frecuente en mi actitud, no pude soportar en aquel momento. Detuve la marcha y … si le grité, le grite que no entendía que en vez de pedir disculpas pretendiese tener razón y la cosa se lió. Él me explicaba que antes de que yo naciese ya utilizaba el una bici para moverse por la ciudad, entiendo que con el ánimo de convencerme de que él sí sabía cómo había que circular en bici y yo no (una pena que no continúe, al parecer, con dicha práctica) y que si no podíamos circular de dos bicis juntas y no se que mas excusas.

 

Lo cierto es que no estoy orgulloso de mi forma de afrontar la situación, discutiendo acaloradamente, algo que solo me causa pesar y malestar. Me hubiese gustado dirigirme a él con un tono calmado y tratar de explicarle que lo que había hecho no era correcto e incluso era peligroso, pero la rabia en ocasiones nos juega malas pasadas.

 

Desde aquí, y ahora que he podido dejar mi rabia en estas palabras, le pido disculpas, pues un acto incívico no puede rebatirse con otro acto incívico, el de gritarle.

Podría haberme echado a un lado y sin decir nada, llamar a la policía, lo he hecho en otras ocasiones, y no vienen o cuando llegan el coche ya se ha marchado. Y lo cierto es que después de bajar el tono creo que habiéndome dirigido a esta persona en concreto de otra manera, hubiésemos sacado mucho más provecho  para los ciclistas, pues quizá hubiese conseguido hacerlo entrar en razón y la próxima vez posiblemente se acordaría de mirar antes de abrir la puerta. Puede que penseis que soy un ingenuo, y puede que lo sea, pero de lo que sí estoy seguro es que gritándole no conseguí nada bueno para ninguna de las dos partes.

 

… sin duda la palabra es la mejor cura para la rabia.